11 de abril de 2018

Olvidar por Ley, por Laura Canedo





Podemos decir con Freud que la política es el inconsciente. Así se constata en los mecanismos que ambos comparten: represión, censura, defensa... 

Por otro lado, Lacan nos abre al respecto una nueva perspectiva al decir que “el inconsciente es la política”.

Fue J.-A. Miller quien nos orientó a leer esta frase a partir del aforismo: “el inconsciente es el discurso del Otro”, tratándose del Otro dividido, y tomando al inconsciente en tanto siempre por definir.

Esta indicación de Miller es la que tomo como invitación a leer en la política su funcionamiento. Lo hago en esta ocasión en relación a una ley de impunidad y olvido, la Ley de Amnistía del Código Penal español.

Aprobada en 1977 tras las primeras elecciones democráticas, impide aún, 40 años después, la revisión de cuatro oscuras décadas de franquismo.

En el momento de su aprobación nada garantizaba poder acabar con el régimen anterior. Y tras haber sido amnistiados los actos políticos y de opinión, al añadírsele un: “cualquiera fuese su resultado”, los delitos de asociación, reunión y manifestación, quedaron equiparados jurídicamente a los de tortura, desaparición, genocidio o lesa humanidad.

A día de hoy su aplicación es férrea a pesar de incumplir compromisos internacionales y de las solicitudes de derogación.

Los partidos políticos mayoritarios han abortado los intentos de limitarla, ya fuera excluyendo de su alcance los delitos de lesa humanidad, o incorporando a nuestro Código Penal el principio de legalidad internacional.

Sí ha habido un avance: la aprobación en 2007 de la Ley de Memoria Histórica, que si bien no anula la impunidad ni el veto a investigar, establece medidas para dignificar la memoria y los valores de los demócratas represaliados. No obstante, la falta de asignación presupuestaria desde 2011 obliga a que sus acciones sean asumidas por familiares y asociaciones con financiación privada, y en ocasiones por gobiernos municipales o autonómicos. De esta forma, lentamente se van pudiendo exhumar e identificar algunos de los miles de cuerpos que yacen en más de 2.000 fosas comunes mal catalogadas.

La cuestión que planteo entonces no es sólo la dificultad de hacer frente al discurso del amo de la guerra, de la dictadura, que promueve modos de goce tanto por la vía del superyó como del Ideal del yo. El parlêtre no es ajeno a los modos de goce, especialmente si ha sido su marco político a lo largo de cuatro largas décadas en las que no solo se destruyeron vínculos sociales, sino que se construyeron otros, e incluso instituciones a fin de hacerlos perdurar.

Se trata de una ley aprobada en democracia que deja impunes delitos de aquellos de los que no cabe esperar arrepentimiento; se trata de su vigencia tras la transición; se trata también del silencio que provoca respecto de sí misma e incluso de su defensa en ocasiones como cuestión ética.

Siendo el desconocimiento sistemático un modo de defensa contra la angustia, no es de extrañar que frente a ciertos acontecimientos el sujeto responda con el “no querer saber nada de eso”; este rechazo es ya un tratamiento de lo real, en relación al goce propio, aunque quizás también al del régimen.

Podemos decir que en esta ley, al modo del inconsciente, no se trata tanto de perder la memoria como de no acordarse de lo que se sabe. Sabemos que ella empuja hacia la amnesia, hacia el olvido, a no pensar en el hedor, en la corrupción, en el abismo en el que captamos que la vida es putrefacción.

Frente a esto, la ONU aborda la justicia de transición planteando que es el Estado quien debe garantizar el derecho a la verdad, la justicia, la reparación y la no repetición. Promueve, de esta forma, que lo simbólico posibilite cierta tramitación de lo real, de la relación entre la muerte y el cuerpo, que a falta de sepultura, como nos dice Lacan, “(las) nubes de lo imaginario se acumulan a su alrededor, y todas las influencias que se desprenden de los espectros se multiplican en la vecindad de la muerte.”

Podemos decir con Freud, en relación a los represaliados: “cesemos por fin de hacerles concesiones como si fueran favores, cuando ellos tienen derecho a que se les haga justicia.”

Decimos, con Lacan: “existen cosas que hacen que el mundo sea inmundo; de eso se ocupan los analistas (…), enfrentan lo real (…), no se ocupan más que de eso. Y como lo real es lo que no anda, además están obligados a soportarlo, es decir, obligados continuamente a arrimar el hombro. Para ello, es necesario que estén terriblemente acorazados contra la angustia.”

Para concluir

Que gobernar sea imposible es una ocasión para leer el funcionamiento de la política, para cuestionar sus discursos, incluso para anudar el propio deseo asumiendo que la democracia no es Una, sino que siempre está en construcción.

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