8 de julio de 2015

LACAN COTIDIANO. El pharmakos del Siglo XXI, por Guy Briole


El pharmakos era en la Grecia antigua aquel que la Ciudad designaba para ser sacrificado a fin de expiar las faltas de sus habitantes y, así, evitar que las calamidades no cayeran sobre ella. El pharmakos podía ser un animal, pero con frecuencia era una persona, en sí inocente aunque a menudo marginada por la sociedad.

Esta noción se une con la de chivo expiatorio hebreo en la función de desplazamiento de la falta sobre un otro, sobre una víctima expiatoria donde el sacrificio supone tratar el mal que amenaza al grupo.

Hoy en día, la estigmatización de ciertas categorías de la población, de lo religioso, de la etnicidad, eternizan bajo diferentes formas el pharmakos.

René Girard y Lacan: rivalidad mimética y en espejo

En La violencia y lo sagrado(1), René Girard ha trabajado particularmente la relación de los humanos entre ellos y con su mundo, desarrollando su concepto de deseo mimético -uno queriendo el objeto que ambiciona el otro- y la rivalidad mimética con su doble monstruoso(2) a destruir que se deriva de ella. Para este autor, es ante todo en el eje imaginario donde el sujeto se experimenta; no en la triangulación con la madre, ni en la rivalidad edípica con el padre. Se separa de Freud, encontrándose más cercano a Lacan y de su noción de conocimiento paranoico del mundo.

Lacan sitúa desde muy temprano una verdadera "captación por la imagen del otro" que hace que es en el otro donde el sujeto "se experimenta en primer término"(3). Es lo que, en Los complejos familiares, aisló bajo la forma de complejo de la intrusión: la experiencia que vive un sujeto en el "tiempo primitivo" donde conoce semejantes; "dicho de otra manera -añade Lacan-cuando se entera de que tiene hermanos"(4). Es aquí donde se sitúa la instauración del rival y del odio que pueda suscitar. Lacan no sitúa los celos infantiles como una rivalidad vital (la del "displaced child"), sino como una identificación(5).

En la relación con el otro siempre le queda al sujeto, constata Lacan, este odio celoso que llamará jalouissance (celos-goce) destinado a aquel que se le supone, tener el objeto: "[...] un odio, un odio consistente, es algo que se dirige al ser, al ser mismo de alguien que no tiene por qué ser Dios"(6).

También, la agresividad que se libra de toda relación con el otro –incluso si es una relación de ayuda- tiene su punto de partida, en esta alienación originaria que funda la relación del sujeto en el mundo.

En lo que Girard va a describir sobre el mecanismo victimario -correlativo de una crisis mimética donde, en un grupo social, en una nación, se cristaliza un "todos contra todos"- la solución pasa por una transformación de este "todos contra todos" en un "todos contra uno". Entonces toda la violencia se concentra sobre aquel que toma ahora el estatuto de víctima expiatoria para todos, revelando el carácter arbitrario aunque, en adelante, ineluctable de esta elección.

La víctima sacrificial es a menudo escogida por el hecho que, de una manera consciente o inconsciente, no habría "nadie para defender [su] causa"(7). La tenemos aquí designada a la venganza de todos.

Por el sacrificio: el hombre, animal de predilección

Los sacrificios de animales están presentes en casi todos los ritos de purificación. Están allí, en el lugar de un humano que los representan. La sangre vertida pronto ha sido absorbida por la tierra sobre la que se ha extendido como si tuviera una avidez sin fin. Lo terrible es el más allá que esto apunta: no se detiene aquí, le hace falta también sangre humana. Es la perpetuación de las guerras.

Esta tierra, sedienta de sangre, no es más que la metáfora del límite que el hombre no encuentra, -ni en los ritos sustitutivos, ni en la espada de la ley, ni tampoco en el salvajismo de los degollamientos que remiten al orden del día DAESH, el Estado islámico en Irak y, ya, en otros lugares, etc.- y que hace que la feroz humanidad del pueblo pida aún ¡un poco más de esta sangre impura!

La ofrenda sólo tiene valor siendo un derramamiento de sangre. Es aquí donde el sacrificio toma su dimensión de violencia expiatoria por la cual la víctima maldita es transmutada en instrumento de salud; aquel que es designado al sacrificio por su oscuridad se ve nimbado por un aura de pureza, esta es la paradoja del pharmakos. Hace falta que la ofrenda hecha a los Dioses para calmar su cólera, tenga un valor. Pero, la condición mínima es que la víctima sea designada, al menos sobre un punto, culpable. Culpable de ser extranjero o diferente, estos dos calificativos funcionando tanto para el interior como para el exterior, de la ciudad, del país, de una comunidad más restringida. Para ello, este culpable, hay que señalarlo por su diferencia, hacerlo visible para todos por un signo que lo distinga: antropométrico, racial, religioso, vestimenta, etc. Entonces, puede ser clivado de los otros y el proceso se pone en marcha.

Así, Joseph de Maistre, en su Tratado sobre los sacrificios, subrayaba que del "culpable al enemigo, no hay más que un paso: todo enemigo se convirtió en culpable; y, desgraciadamente, también todo extranjero se convirtió en enemigo cuando hubo necesidad de víctimas"(8). Para que los hombres vivan, hay que sacrificar siempre a otros a los Dioses, es esta cruel avidez que, desde siempre, les es supuesta.

El sacrificio a los Dioses oscuros

Armand Zaloszyc, en su libro El sacrificio al dios oscuro(9), retoma la escena del Éxodo donde Dios le dice a Moisés: "Verás mis espaldas, pero mi rostro no se verá". Comenta esta escena subrayando que Dios se presenta al que lo interroga con doble cara (biface): por un lado, la del saber posible, del otro lado, "una cara oscura donde la oscuridad no estaría sólo reducida por el saber por mucha luz que hubiera"(10). La pregunta de lo que el Otro quiere se plantea del lado de sus intenciones. Si pudiera decirlas, no tendríamos que preocuparnos por lo que calla, instaurando aquí la cuestión del deseo de un "Otro oscuro". Esta doble cara de un Dios oscuro, va más allá de las religiones monoteístas e incluso de cualquier religión, en esto el Otro obscuro es el prolongamiento y puede ser más implacable que la exigencia supuesta a los Dioses.

El sacrificio está dirigido a la cara enigmática de este Otro supuesto exigir siempre más para un goce mórbido, opaco. No es, y esto puede parecer paradójico, por exceso de celo o por obediencia a las órdenes que se entregará aún más víctimas que las exigidas. Es ser absorbido, haberse entregado ciegamente a un goce tan opaco que el goce que es supuesto al Otro y que compromete enteramente al sujeto en sus actos.

Denunciar es una de las modalidades más cobardes del propio goce oscuro. Es decirle a la cara desconocida, pero supuesta terrible, de aquel al que se denuncia que presenta garantías que el que se denuncia no tendría. Es asegurarse mostrando a este Otro que compartimos su sed de justicia, de orden, que le somos fiel y que no estamos sujetos a malos pensamientos en su contra. De hecho es una de las peores formas de la denegación, es negar su propio inconsciente, es rechazar la idea que pueda contener también malos pensamientos. Es hacer de aquel que denunciamos un pharmakos de uso personal y, sobre esta pendiente, cómo detenerse cuando este negro goce pide uno, ¡aún!

Lacan sitúa la experiencia inhumana y monstruosa del holocausto, no como un accidente único en la historia sino como un "resurgimiento"(11) de algo que está aquí, que ya ha tenido lugar. La única novedad es su forma sistemática en un proyecto técnico científico llevado a una dimensión industrial.

Recorramos con Lacan: "[...] resurgimiento mediante el cual se evidencia que son muy pocos los sujetos que pueden no sucumbir, en una captura monstruosa ante la ofrenda de un objeto de sacrificio a los dioses oscuros"(12). El sacrificio fascina, como el deseo del Otro oscuro ciega y el sujeto "sucumbe" a la fascinación misma de este sacrificio.

Lacan señala que esta fascinación tiende a aquello que "en el objeto de nuestros deseos, intentamos encontrar el testimonio de la presencia del deseo de ese Otro que llamo aquí el Dios oscuro"(13).

A cada uno su pharmakos, ¡desdoblado!

Puede que vayamos a afirmar demasiado rápido que es el ascenso de lo religioso el que induce todos estos cambios propios de nuestra época. Al contrario, parece ser más bien su debilidad la que siembra la semilla de una relación con una práctica religiosa que supone menos el proselitismo del mensaje de paz y amor, que aquel de la eliminación radical del otro diferente.

¡A cada uno su pharmakos! En el contexto de nuestro país pero en otros también, se necesitan dos. Siempre hacen falta dos de los cuales uno de ellos, inmutable a través de los siglos, quede el judío y el otro, una encarnación, más o menos coyuntural, de una figura satánica estigmatizada.

De hecho, lo que llamamos modernidad, no consiste en ninguna invención innovadora, sino en la perenización de un no querer saber del hecho que la designación de un pharmakos, su sacrificio como regulador de la violencia, es en sí-mismo una violencia. La justificación está en el otro y en su dicha alienación a un Dios donde nos perdemos al saber si exige lo que los hombres le atribuyen como imperativo para su goce divino.

No es al sacrificio, tenga un sentido religioso o filosófico, que el psicoanálisis nos conduce sino a este "abrir los ojos" (dessillement) que permite librarse "de la ética tradicional"(14). El desempeño de Lacan por el resurgimiento que sitúa en el centro de la repetición, reorientada sobre la atracción inexorable y la fascinación por la víctima, concierne al psicoanalista; al menos aquel que no quiere mirar hacia otro lado.

Notas:
1. Girard R., La violencia y lo sagrado, Bcn, Anagrama, 2005.
2. Idem, p. 338.
3. Lacan J., "Acerca de la causalidad psíquica", Escritos 1, BA, Siglo XXI, 2007, p. 171.
4. Lacan J., Los complejos familiares en la formación del individuo. En: Otros escritos, BA, Paidós, 2012, p. 47.
5. Idem.
6. Lacan J., Seminario 20. Aún, 1981, BA, Paidós, p.121.
7. Girard R., La violencia y lo sagrado, op. cit., p. 21.
8. de Maistre J., "Tratado sobre los sacrificios", Madrid, Sextopiso, 2009, p. 34.
9. Zaloszyc A., Le sacrifice au dieu obscur. Ténèbre et pureté dans la communauté. Nice, Z'éditions, 1994, p. 9.
10. Idem, p. 10.
11. Lacan J., Seminario 11, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, BA, Paidós, 1987, p. 282.
12. Idem, p. 282.
13. Idem.
14. Idem.

Traducción: Helena Torres

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